En estados como este, Oaxaca, el alimento es mucho mas que solo comer: es un ritual, es una ofrenda y demostración del buen anfitrión, es el placer de tener un invitado, la fiesta y la alegría materializada o la demostración de que las penas con pan son menos, al acudir a velar un alma.
No se pude pensar en visitar a un familiar oaxaqueño sin llevar suficiente espacio libre en el estomago, se sabe que terminaras pletórico de mole (en sus 7 variedades), tamales, pozole, chileatole, chapulines, masita, frijoles de olla con mucha hierva santa o hierva de conejo, caldo de guías y una amplia variedad de garnachas (mejor conocidas como vitamina T) con su respectiva dosis de asiento. A lo anterior hay que agregar los postres y finalizar con un mezcal de gusano, para el desempance.
Después del minitour gastronómico-espiritual, hay que volver al mundo terrenal y preguntarnos ¿como llegan todos esos alimentos al plato del cual el comensal se alimenta? Pues bien, alguien debió de haber producido cada ingrediente, alguien los transformó, alguien los transportó y finalmente alguna otra mano santa, creativa y tocada por los dioses de Monte Alban, los integra en sus cazuelas de barro para ofrecerlos con todos sus aromas.
Hasta el momento todo suena a miel sobre ojuelas, o mas ad-hoc, a piloncillo sobre buñuelo. Pero resulta que hablamos de un atracón alimentario capaz de mandarnos al hospital por un coma diabético o por congestión alimenticia, cuando en el país 4 de cada 10 mexicanos carecen de recursos para alimentarse, según las cifras oficiales que siempre son cuchareadas para evitar mayores escándalos. Es decir, tal variedad y cantidad de alimentos son, para muchos, tan solo una posibilidad, para otros, un sueño.
Por lo tanto el reto al que nos enfrentamos todos los individuos que de alguna manera nos encontramos involucrados directa o indirectamente en los procesos de producción, transformación y distribución de alimentos, es que estos sean accesibles a las personas (antes que consumidores, son personas) y a la vez que los involucrados en la cadena agroalimentaria puedan obtener beneficios económicos de esta actividad.
Suena contradictorio ya que los oferentes siempre buscan precios más altos como estimulo para elevar su producción, mientras que los demandantes quieren comprar a menor precio. Cuando un mercado funciona de manera eficiente, todos ganan, es decir unos obtienen satisfactores y otros obtienen ganancias, el mundo feliz.
Las gran brecha de ingresos en México es producto no de la imperfección de los mercados, sino del uso inadecuado del poder, el cual trajo mercados ineficientes. Eficientarlos seria una solución y la mejor cuando hablamos de mercancías. Pero resulta que hablamos de alimentos, lo más básico para la existencia del ser humano, junto al agua. Por lo tanto y como se prometió en el post de bienvenida, no daré respuestas, solo más preguntas como conclusión.
¿Debemos tratar a los productos de la cadena agroalimentaria como cualquier mercancía?
¿Es el mercado la vía mas eficiente para asegurar el derecho humano a la alimentación?
¿Es nuestro sistema de producción - consumo capaz de satisfacer las necesidades desde las básicas hasta las espirituales que en la comida se conjuntan?
¿La visión de agro-empresa o agro-negocio, es adecuada para dejar de ser el país con más hambre de la OCDE?
¿En realidad son importantes los agro-negocios?
Como siempre espero sus comentarios creativos.